Escalar sólo para observar desde la cima… observar nada concreto y todo en particular. Sentir el viento en la cara, jugar por el placer de jugar… más de un año después, es lo que sigue transmitiendo Breath of the Wild. De fondo, el trío obligatorio de siempre, la única concesión a la saga. Un tal Ganon que quiere resucitar, un héroe con amnesia y una princesa con problemas menos mágicos y más personales. Que más da. Algo de eso ocurre en el Hyrule más grande, vivo y orgánico que nunca, auténtico protagonista del Zelda mejor equipado para hacer frente a ese Dios mitológico llamado Ocarina of Time.

Encuentras una aldea. Alguien te recuerda la misión a completar pero giras la cabeza hacia esa montaña que susurra tu nombre. El sol se esconde y maldices porque, aunque amenaza tormenta, sabes que tienes que subir a ver esos últimos rayos de luz. Sentir el viento en la cara. El resto puede esperar. Un momento, ¿qué es eso que brilla a lo lejos? Vamos a ver… Mierda, las dos de la mañana otra vez…

 

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