A principios de los 90 un erizo azul, a golpe de infinitos loopings e imparables carreras, reformaba mi pobre cabeza pixelada por tuberías y fontaneros. Parecía imposible mover escenarios a tanta velocidad. Pero pocos años después, aparecía otro juego dispuesto a desencajarme la mándibula cada vez que encendía aquella consola que lucía orgullosa, en letras doradas, sus 16-bit. Eran otros tiempos. Era cuando Konami significaba otra cosa.

De entre todos sus grandes títulos, Probotector explota la Megadrive como nunca antes se había visto y pocas veces se vería. El juego, difícil, muy difícil, desarrolla una historia frenética, imparable, que como una bola de nieve no da descanso al jugador y plantea un mejor y más difícil todavía en cada nueva fase. Rotaciones, zooms, sprites en cantidades y tamaños imposibles, consiguen que los Segueros de la época resistieran con orgullo los ataques de aquella absurda batalla contra los usuarios de Supernes que sólo sabían decir chip Super FX y Modo 7. Y es que algunas cosas apenas han cambiado.

25 años no es nada. Soplemos el cartucho.

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